
“Fui llevado, atado de pies y manos, como el peor de los criminales hasta Riobamba”.
El reproche en los ojos de Isabel dolió más que el propio castigo infringido en la plaza de Santo Domingo, después de ser capturado y expuesto como el más vil de los criminales. Tengo la necesidad de repasar esos dramáticos momentos, esas horas amargas. Pero, para entender la actitud que asumí, estoy en la necesidad de hablar sobre ese hecho que dividió mi existencia.
Fue un sábado, un terrible sábado de 1797. Me levanté antes del amanecer para cumplir con la voluntad de mi padre de llevarme a la hacienda en el pueblo de Chambo y me alejé de esa villa tan hermosa y próspera que fue mi hogar. La decisión de mi padre me salvó la vida, pero me arrancó de tajo la inocencia, porque un terrible terremoto sacudió a la zona centro de la Real Audiencia de Quito y devastó por completo a Riobamba. Podría hablar de los hermosos templos que se destruyeron, de la prosperidad que llegó a tener, de los procesos de pensamiento que se interrumpieron, pero para mí lo peor fue perder a mi familia. Después del susto por el movimiento telúrico y algunas heridas leves, lo catastrófico fue regresar al hogar y descubrir que se había convertido en un gigantesco pantano. Nunca, aunque lo he intentado, nunca he olvidado los alaridos de los sobrevivientes, que apuñaban la tierra en un vano intento para exigir que devolviera a los seres queridos. Tampoco podría olvidar esa única vez en la que miró a su padre desplomarse y llorar.
Desde esos momentos creció en mi corazón un débil pero persistente odio hacia las autoridades españolas. De labios de mi padre escuchaba del abandono del que la villa había sido víctima. Apenas dos años después, sin madre y hermanos, sin una tierra a la que llamar hogar, debí comenzar de nuevo. A los nueve años fui testigo prácticamente de la fundación de una nueva ciudad, además de los pleitos de los caballeros por fijar la ubicación de Riobamba. A esa edad, para mí era intranscendente la elección de una u otra, simplemente no era la mía.
La ciudad fue poblándose nuevamente. Las calles anchas y las casas de un piso, esparcidas a lo largo y ancho en damero, fueron conformando a la nueva ciudad. Era ya todo un caballero de 19 años, involucrado en los negocios familiares, cuando conocí a Isabel, la mujer con la que estaba destinado a casarme por las costumbres. Pero al contrario de lo que podría pensarme, me enamoré perdidamente de ella. Tenía unos hermosos ojos cafés y una fuerza de ánimo que me recordaban a un vendaval. Era distinta a todas quienes conocí, si bien respondía a los cánones de discreción y recato que exigía la sociedad, en la intimidad del hogar se mostraba tempestuosa y con férreas opiniones. Acumulaba dentro de sí animadversión por la Corona; porque a su juicio, era la culpable de todas nuestras desgracias. Si hubiera estado permitido, habría participado del cabildo abierto del 13 de agosto de 1809, donde se discutió la adhesión de Riobamba al movimiento independentista nacido en Quito. En aquella ciudad se conformó una Junta Suprema que desconoció al Conde Ruiz de Castilla como presidente de la Real Audiencia de Quito y planteó un gobierno propio. En mi caso, me expresé partidario de sumarnos a la Junta.
El cabildo decidió acoger la determinación quiteña, salvo Pedro Calixto y Muñoz, quien se mostró escéptico y se excusó. Nadie reparó en que, junto con otros riobambeños partidarios de la Corona, preparaba una contrarrevolución. El apoyo no fue solo moral, sino que colaboró de lleno con los más de 3 700 soldados realistas que coparon las plazas de Riobamba y Ambato. La matanza de partidarios de la Junta Soberana, ocurrida un año después, terminó por apagar las intenciones de autogobierno.
Para septiembre de 1812, el presidente de la Audiencia, Toribio Montes, tenía nuevamente control y nombró como corregidor de la Villa a Martín Chiriboga. Gracias al parentesco que me unía con él, mi nombre había pasado desapercibido en la lista de enemigos del Rey.
Las fuerzas realistas se ocuparon muy bien de mantener controlada a la ciudad. Con la tensión y la vigilancia cercana de los españoles, la vida tomó su rumbo. Pero las condiciones estaban dadas y la inconformidad crecía. En ocho años, Isabel y yo habíamos consolidado nuestra familia con dos preciosos hijos, Pedro y Magdalena, y mantenido los bienes heredados. En el aire, sin embargo, se respiraba a convulsión. Los impuestos que aumentaban cada día para financiar el aparato administrativo colonial y la condición de seres de tercera clase que teníamos los criollos, eran los alicientes para buscar la independencia de España.
Los vientos se volvieron a agitar, con la declaración independentista de Guayaquil. La ciudad parecía estar madura para regir su destino y planeó la expansión a otros rincones de la Audiencia. De pronto, me vi envuelto en esa vorágine y ante la indecisión. Confieso que fue complicado. Fui testigo de las atrocidades y la persecución y tuve miedo de las consecuencias. En la ciudad no se hablaba más que de la necesidad de emanciparse de España. En los barrios, la gente estaba bien enterada e incluso animada por Melchor Guzmán, conocido como el “Cholo Virrey” por su procedencia limeña, quien se había transformado en el más entusiasta propagador de las ideas emancipadoras.
Era sábado. Acudí al cabildo abierto citado en la casa de la familia Donoso, situada en el ángulo suroriental de la plaza matriz. Ahí escuchamos que la revolución guayaquileña se había expandido a ciudades como Cuenca. Los discursos fervorosos y patrióticos encendieron los corazones. Entonces, alguien advirtió del avance de una muchedumbre hasta la casa. Eran riobambeños decididos a apoyar la emancipación de la ciudad, pero urgidos por tomar venganza por sus propias manos en la persona del corregidor Martín Chiriboga. Había información de que mi pariente había escapado, para evitar ser víctima de la turba, pero en la casa permanecía su esposa e hijos. Sentí escalofrío al pensar en lo que podía suceder si la gente, enarbolando la justicia como bandera, concretaba sus intenciones. Junto con algunos asistentes al cabildo, salimos en precipitada carrera para dar alcance a la turba. Justo en la casa del corregidor, personajes como Juan Bernardo de León, Estanislao Zambrano, Diego Donoso y Ambrosio Dávalos, se dejaron escuchar. Ellos lograron calmar las emociones y convencieron de que el justo ideal se vería manchado por el asesinato de mujeres y niños. Entonces, persuadieron al pueblo de convocarse en la plaza matriz para presenciar la constitución y legalización del acta. En el documento, Riobamba se declaró emancipada, se pronunció por un gobierno libre, independiente de toda soberanía, y de paso nombró como primer gobernador político y militar, a Juan Bernardo de León y Cevallos. Además de este caballero, suscribieron el acta miembros de las familias Lizarzaburu, Moreno de Salas, Zambrano, Donoso, Sáenz. Finalmente me decidí a estampar mi rúbrica y aceptar las consecuencias. Sinceramente pensé que esta vez, sería la definitiva. Una vez firmada el acta se acordó enviar un oficio al coronel patriota Luis Urdaneta que permanecía en Guaranda, informándole de la buena nueva y pidiendo refuerzos.
El domingo 12, don Juan Bernardo empezó la organización del gobierno, que incluía la contribución de alimentos, caballos y dinero para el resto de la campaña libertaria. Con la ayuda del pueblo se formaron dos compañías de militares voluntarios. Urdaneta, en tanto, solicitó desde Guaranda la provisión de 400 caballos y veinte mil pesos. El pedido se cumplió con diez mil pesos tomados del patrimonio de Martín Chiriboga.
Sin embargo, las ilusiones volvieron a romperse con la derrota de las fuerzas independistas en Huachi, el 22 del mismo mes. El 26, Martín Chiriboga y León retomó sus funciones de corregidor y se alistó para el ingreso de las fuerzas realistas a la ciudad. Sabíamos lo que venía y entonces, quienes participamos en la declaración, decidimos abandonar Riobamba y escondernos en los pueblos vecinos.
Supimos que Martín Chiriboga había pedido el indulto para todos los participantes del 11 de Noviembre de 1820. A juzgar por sus acciones posteriores, le había sido encargada la misión de recuperar el acta del pronunciamiento, pues hizo comparecer a todo el que pudo, a los protagonistas, a los que escucharon, a los que estuvieron presentes, a los que no firmaron. Fue Juan Bernardo de León quien, a través de una carta, contó que el acta había sido entregada al comandante de las tropas subversivas de Guayaquil, don León de Febres Cordero.
Chiriboga pensó que dichos informes y sus esfuerzos por pacificar la zona tranquilizarían a los realistas, pero no fue así. El militar español Eugenio Payol fue asignado. Ahí tomó forma de nuevo la pesadilla. Se encargó de cobrar altísimas contribuciones a las familias riobambeñas, y a tomar prisioneros a costa de lo que fuera. Tenía métodos infalibles. Payol, instalado en una casa aledaña al convento de Santo Domingo, decretó la requisa de caballos por todo el corregimiento, junto con la orden de que el propietario que reclamara fuera ajusticiado sin contemplación. Dispuso que si alguien era encontrado cabalgando en los caminos fuera ejecutado para que el animal quedara sin dueño. También mandó a colgar de los pies a mayordomos e indios para que declarasen la existencia de los caballos. Los insurgentes tenían orden de ser muertos al instante.
El terror implantado por el español dio resultados y empezaron las traiciones. Me capturaron en los alrededores del pueblo de Chambo, con cargos de sedición. Fui llevado, atado de pies y manos, como el peor de los criminales hasta Riobamba. En el trayecto, caracterizado por largos tramos de arena y piedras, fueron quedando parte de mis botas y vestimenta. Fui expuesto y azotado en la plaza de Santo Domingo como escarmiento. Luego fui llevado ante el propio Payol. Con su mirada burlona y su acento peninsular trató de convencerme de delatar a otros participantes. A pesar de haber sido traicionado, me negué a hablar. Ordenó colocarme en una improvisada celda con una sola ración de pan y agua por día. Con las fuerzas que se me escapaban empezaron a rondar en mi mente los recuerdos y las reflexiones. ¿Tenía sentido luchar contra el poder, por más justa que fuera la causa? ¿Valía la pena arriesgar la familia, la estabilidad y la propia vida a nombre de un concepto tan abstracto como la libertad? Después de tres días de no ver la luz del sol, fui llevado nuevamente ante Payol. Esta vez no se mostró tan comprensivo y descargó su artillería pesada. Me llevó hasta una ventana que daba la vista hacia la plaza y descubrí sus intenciones. Allí estaba Isabel y mis hijos. “Pido un solo nombre”, me dijo con la tranquilidad de quien tiene el poder. Dudé por unos minutos y mientras miraba a mis hijos corriendo sin preocupación, me sentí culpable de arrebatarles su felicidad, como a mí me la habían quitado. Entonces mencioné: Melchor Guzmán.
Juro que si lo hubiera pensado, no habría delatado al “Cholo Virrey”. Otros complotados tenían mayores posibilidades de sobrevivir y escapar con sus recursos, pero Guzmán, no. Payol rió. De hecho, conocía muy bien la participación del hombre en el movimiento, pero disfrutaba de resquebrajar los principios de quienes consideraba criminales.
El español consintió en salvar mi vida, a cambio de contribuciones económicas desmedidas que terminaron por arruinar a mi familia, y de mi incorporación al batallón realista. Su objetivo era alcanzar los 800 hombres, sin importar edad o condición física.
Cuando permitieron la entrada a Isabel, mi vergüenza me delató. Nunca pude recuperar la admiración que alguna vez sintió por mí.
Mientras salía de la casa de Payol, miré hacia la plaza de Santo Domingo; ahí todavía los soldados cumplían las órdenes y escarmentaban a los prisioneros, algunos de los cuales dejaron su vida en ese lugar que había cambiado el comercio por la tortura.
Me sentí vencido, aún cuando, diecisiete meses después, estuve dispuesto a ofrendar mi vida, cuando las tropas de Bolívar lograron la libertad definitiva para Riobamba.
Con estas letras no quiero justificarme, solo escribo para descargar mi conciencia y contestarme las preguntas que rondaron mi cabeza durante mi cautiverio. Sí vale la pena luchar por un ideal, a pesar de las dudas y fracasos; sí tiene sentido arriesgar todo por despojarnos de cadenas y opresiones, porque en juego está el futuro.
No obstante, con los años, he entendido que la lucha por la libertad no es cuestión de un día, que el dolor y las acciones redimen, y que la batalla más importante se libra dentro de uno mismo.
Jacinto C.

Sin duda que todo lo creado es de beneficio para la ciudadanía toda, y ciudad que fue tan importante, Riobamba, debe su gente hacer todo esfuerzo por volver a los tiempos de intelectualidad y calidad. Lamentablemente la afluencia de migrantes rurales hacia las ciudades fue uno de los factores para que la identidad de ciudades baje notoriamente hasta los insignificantes niveles actuales. Se debe promover eventos culturales de calidad.
Diego, otra vez un aplauzo a tu labor peridistica y de investigacion, para ti mi mas grande admiracion como Riobambenio y Ecuatoriano, sigue adelante con tu investigacion y trabajo.
Jorge Roman
Muy interesante, aleccionador, excelente y valioso trabajo, mis felicitaciones a su autor.